Una que tenía en el garguero



Un artículo de Orsai me dió el manijazo para publicar esto que tenía en borrador. Si hay un copyright, debería de ser ese.

En el aeropuerto de Guarulhos no hay lugar para fumadores, a las tres de la tarde del sabado probé en la puerta de Carrasco mi último pucho, comenzando lo que se iba a transformar en un viaje transecuatorial con retorno inesperado. Un despegue, rápido aterrizaje y estaba en Sao Paulo, esperando la conexión con Madrid.
Para matar el tiempo me comí: un muffin, una bocata, un sánguche, una Coca Cola, una cerveza y un capuchino. Carísimo todo obvio.
Un muchacho se acercó a realizarme una encuesta por el Ministerio de Turismo de Brasil, al cual le inventé un viaje a Santa Ana do Livramento, porque no pudo entender que yo estaba ahí de pasada, y que no recordaba haber hecho un viaje por turismo exclusivamente a su país. Así fué que califiqué como “Muy buena” la señalización, como “Regular” la limpieza, como “Buena” la gastronomía y como “Buena” la actividad de esparcimiento nocturna de dicha localidad. Todas mentiras obvio.
Unas 2 o 3 casi siestas fast después, resignado a no alimentar mi tabaquismo hasta nuevo aviso, subo al avión de TAM en Sao Paulo con destino Madrid. En un viaje de ocho horas y pico con las piernas acalambradas de incomodidad, me dediqué a mirar películas. (Recomendable The Hangover, principalmente la escena del odontólogo totalmente resaqueado luego de una partuza -putas incluídas-, despertándose con el cacareo de una gallina suelta en su habitación de un lujoso hotel en Las Vegas)

En el aeropuerto de Barajas, entendieron que no podía ingresar al país. Me encontraba con muchas sensaciones, hasta en un momento asomó el miedo. Aunque lo que contínuamente se me venía a la cabeza todas las preguntas de mis amigos cuando les contase el cuento.
Me acerqué a la ventanilla, presenté mi pasaporte y ahí comenzó el pequeño infierno que después se transformó en una película en donde yo tenía un lugar privilegiado de director, actor y espectador. Me hicieron pasar a una sala, donde un oportuno escrito con drypen decía en una de las sillas: “Gallegos de Mierda”, ahí se encontraban un boliviano (creo) seis brasileños y yo. Nos encontrabamos esperando a que “chequeen la información”. Esto iba para largo.

Horas que pasaban, entre tanto se acercaban los milicos de inmigración preguntando por cada uno de nosotros con los pasaportes en mano, y cuando les decíamos: “Sí, soy yo”, ellos respondían sistemáticamente “Bueno, un momentito que lo llamamos enseguida”. Vil manipulación psicológica.

Mi reacción durante la mayoría del tiempo era que no me estaba sucediendo a mí.

Caí en cuenta de que necesitaba una ducha y una cama para sestiar. Creo que fue el peor momento. Temía tirarme un pedo, no por la policía claro, si no porque podría salir cualquier cosa menos aire. Y si hay cosa que deteste más es cagar afuera de mi casa es estar cagado fuera de casa.

Charlas de por medio con estos abogados de oficio que la madre patria pone muy generosamente son “írritos, nulos y sin valor”. Como dice nuestra Declaratoria de la Independencia. Les chupa 3 huevos lo que tengas para decir, y no hay modo que les entre en sus cabezotas que uno quiere volver, que no está dispuesto a pagar 5 veces el valor del tabaco o la yerba en su país.

Luego de hora y pico, subimos y en otra sala una asistente social mascando chicle nos dijo que: “Hola, mi nombre es Fulana, ahora blablabla llamadas telefónicas, blabla, 5 euros, blabla…” y se fué.
Cacheo de por medio, la punta de porro que sin querer se me coló en la caja de cigarros, los cigarros, cámara, lentes, mp3 y cinturón. Todo fue a parar a una bolsa (negra, del tipo de resíduo) y esa bolsita a un estante.
Arribamos a esa otra sala más (perdí la cuenta de las salas) en donde se encontraban el resto de mis compañeros infractores. Sudamericanos casi todos.

  • Una mujer con su niño supongo, de unos 12 años. Sola.
  • Un venezolano (creo) al que un nigeriano llamaba “mister president”, mister president para aquí y para allá, parece que mister president era el que estaba hacía más días en esa cárcel con TV cable y baños limpios.
  • Un iraní que no pudo entrar desde Irak a su país porque en su país habían cometido una falla en la emisión de la documentación.
  • Unos gitanos al mejor estilo Chacho Migué con 4 hijos y con trajes 3 números más grandes.
  • Más non-gratos

Era una sala grande, como de 3 metros por 15 dividida en dos ambientes. En un ambiente un salón comedor con sillas y mesas de jardin (¿?) y en el otro (donde pasé la mayoría del tiempo) una televisión con señal cable, y algunos teléfonos públicos en donde podíamos mantener charlas muy agradables con la gente que nos podría aguantar la cabeza.
Esta gran sala en donde cada tanto ingresaban y salían huéspedes de la frontera española, estaba rodeada por varias puertas en donde se dormía a la noche, luego de las diez y media, al apagar las luces como señalaba un cartel de “reglas de convivencia” en las puertas de los baños.

No llegué a permanecer por más de 5 horas en el recinto  (¿gracias a Dios?), y al finalizar la quinta hora, anuncian la llegada de la cena: una suerte de carne-suela-corcho con papas fritas hechas de goma eva en donde lo más rico era el sachet de aceite de oliva.
Una naranja de postre.

Al llegar al momento de abrir el sachet de aceite, se acerca uno de los milicos que me cacheó avisando que quedan 5 minutos para volver, que el vuelo de la vuelta estaba esperando y debíamos comer apresuradamente (o no sé que pasaría si no lo hacíamos).

El resto, es como ver una película en un VHS con el rewind. Pero más cansado y con el mono del tabaco a niveles desorbitantes.

Colofón: la azafata de TAM que venía en el avión de la vuelta salió (muy delicadamente) a esparcir ambientador cerca de donde yo estaba. El pedo que nunca me pude tirar al final, era lo de menos.

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